sábado, 22 de enero de 2011
lunes, 26 de abril de 2010
Una tarde con Fernando
Acaba de terminar el Festival de Cine de Málaga. Personalmente, siempre me ha sucedido algo extraño con este festival y es que, más que las películas a concurso, lo que me ha interesado son algunas de las actividades paralelas que se organizan. En esta ocasión, los encuentros con el público, una novedad en el certamen. Presentados por el multifacético Luis Alegre, en esta primera experiencia, los encuentros con el público se centraron en las figuras del director Fernando Trueba y la actriz Ángela Molina. Yo acudí al primero, junto a mi hermano, que también se llama Fernando y también es director (en su caso, de cortometrajes). El escenario fue el auditorio del Museo Picasso. Trueba llegó puntual a la cita, con ese aire de filósofo clásico que le imprime a su rostro la media melena que el tiempo ha hecho blanquear, confiriéndole a su dueño la apariencia de un hombre de más edad, pero sin ocultar una jovialidad muy juvenil.
La charla entre Alegre y Trueba se produjo en un ambiente de lo más íntimo que se puede lograr cuando se tiene a unas cincuenta o sesenta personas mirando. En un breve repaso, recorrieron anécdotas acaecidas durante la producción de algunos filmes de Trueba, interioridades del proceso de llevar a término un proyecto cinematográfico, nombres de amigos comunes (Rafael Azcona o Bebo Valdés), y hablaron del futuro. Y en el horizonte más inmediato, el estreno de Chico y Rita, la película de animación a la que Trueba está dando los últimos retoques junto a Xavier Mariscal. Será un nuevo idilio entre las numerosas pasiones de Fernando Trueba, en este caso, la música latina, la pintura y el cine. También se habló de la próxima película de ficción que dirigirá el madrileño, El artista y la modelo. Según se comenta, esta película podría ser un nuevo hito en la carrera de Trueba que cuenta, a mi juicio, con dos perlas en su filmografía: Belle Époque y La niña de tus ojos. Y puede serlo por el peso del director, que además estará empeñado en volver a su mejor cine tras dos películas vapuleadas por la crítica y no muy bien tratadas por el público como son El embrujo de Shanghai y El baile de la Victoria. Jean Rochefort, que será el protagonista masculino, ha manifestado su ilusión porque esta sea su despedida de la interpretación cinematográfica; Aída Folch volverá a trabajar con Trueba, el hombre que le dio su primera oportunidad en el cine; y Claudia Cardinale ha confirmado su participación, con lo cual Trueba ya cuenta también con un mito del celuloide para su nuevo proyecto.
Tras la charla con Luis Alegre, se dio paso a las preguntas del público, que dieron pie a respuestas bien desarrolladas, sazonadas con anécdotas que, como diría un antiguo cronista, hicieron las delicias del respetable. El encuentro concluyó con un inesperado “momento fan” del que el arriba firmante fue responsable, lo confieso, con firma de libro (Mi diccionario de cine es una joya) y apretón de manos incluido, aprovechado también por alguna actriz novel para acercarse al director en busca de atención para su trabajo y por un grupo de jóvenes que querían fotografiarse con él.
En definitiva, actividades como esta son buenas iniciativas que contribuyen a acercar el trabajo de los profesionales y las interioridades del cine a cierto sector del público ávido de experiencias que trasciendan un poco la consabida alfombra roja y el griterío quinceañero al paso de estrellas de la televisión que han hecho una “peli”.
Foto: Fernando González Gómez
La charla entre Alegre y Trueba se produjo en un ambiente de lo más íntimo que se puede lograr cuando se tiene a unas cincuenta o sesenta personas mirando. En un breve repaso, recorrieron anécdotas acaecidas durante la producción de algunos filmes de Trueba, interioridades del proceso de llevar a término un proyecto cinematográfico, nombres de amigos comunes (Rafael Azcona o Bebo Valdés), y hablaron del futuro. Y en el horizonte más inmediato, el estreno de Chico y Rita, la película de animación a la que Trueba está dando los últimos retoques junto a Xavier Mariscal. Será un nuevo idilio entre las numerosas pasiones de Fernando Trueba, en este caso, la música latina, la pintura y el cine. También se habló de la próxima película de ficción que dirigirá el madrileño, El artista y la modelo. Según se comenta, esta película podría ser un nuevo hito en la carrera de Trueba que cuenta, a mi juicio, con dos perlas en su filmografía: Belle Époque y La niña de tus ojos. Y puede serlo por el peso del director, que además estará empeñado en volver a su mejor cine tras dos películas vapuleadas por la crítica y no muy bien tratadas por el público como son El embrujo de Shanghai y El baile de la Victoria. Jean Rochefort, que será el protagonista masculino, ha manifestado su ilusión porque esta sea su despedida de la interpretación cinematográfica; Aída Folch volverá a trabajar con Trueba, el hombre que le dio su primera oportunidad en el cine; y Claudia Cardinale ha confirmado su participación, con lo cual Trueba ya cuenta también con un mito del celuloide para su nuevo proyecto.
Tras la charla con Luis Alegre, se dio paso a las preguntas del público, que dieron pie a respuestas bien desarrolladas, sazonadas con anécdotas que, como diría un antiguo cronista, hicieron las delicias del respetable. El encuentro concluyó con un inesperado “momento fan” del que el arriba firmante fue responsable, lo confieso, con firma de libro (Mi diccionario de cine es una joya) y apretón de manos incluido, aprovechado también por alguna actriz novel para acercarse al director en busca de atención para su trabajo y por un grupo de jóvenes que querían fotografiarse con él.
En definitiva, actividades como esta son buenas iniciativas que contribuyen a acercar el trabajo de los profesionales y las interioridades del cine a cierto sector del público ávido de experiencias que trasciendan un poco la consabida alfombra roja y el griterío quinceañero al paso de estrellas de la televisión que han hecho una “peli”.
Foto: Fernando González Gómez
martes, 6 de abril de 2010
Ruido de fondo

La multitud de casos de pederastia entre sacerdotes de la iglesia católica que ha saltado a la luz pública está desatando una ola de críticas hacia la actitud de determinados sectores de la jerarquía eclesiástica, comenzando por el propio Papa, al tiempo que se ha generado un airado debate entre los medios de comunicación afines al catolicismo y los que defienden posiciones opuestas. Al final, todo se reduce a eso: imponer los propios intereses. Es una pena que el debate de ideas generado por un suceso de actualidad esté perdiendo importancia y vigencia entre los medios de comunicación para dejar paso a un estéril intercambio de improperios que sólo persigue imponer las propias tendencias y opiniones en lugar de dilucidar el fondo de la cuestión y ofrecer al público en general los elementos suficientes para que éste cree su propia opinión según su criterio personal. ¿No era esa una de las funciones del buen periodismo? Lástima que el buen periodismo sea cada vez más escaso y se imponga casi siempre el titular sensacionalista.
La polémica generada por la actitud de los jefes de la iglesia en relación con los casos de pederastia denunciados en Estados Unidos, Irlanda, Alemania y otros países se basa más en el ruido mediático que en el verdadero fondo de la cuestión. Porque, a mi juicio, el elemento clave para intentar el entendimiento de un asunto tan complicado reside en los conceptos de culpa y perdón.
La iglesia católica considera el abuso sexual, ejercido en este caso sobre los niños, como un pecado. La justicia lo califica de delito. En teoría, si existe contrición, arrepentimiento, la iglesia perdona los pecados. El arrepentimiento se considera un atenuante en los procesos judiciales, pero no se perdonan los delitos. Algunos extraerían la obvia conclusión de que los sacerdotes pederastas deberían ser tratados según la justicia en tanto que hombres, dejando en un segundo plano la dimensión espiritual y el posible arrepentimiento por los pecados cometidos. De ese modo, el delincuente, el pecador, serían juzgados según el propio ámbito de consideración de su falta.
Pero ¿qué pasa con quienes encubren el delito, con aquellos que esconden el pecado? Ahí no hay arrepentimiento, sino voluntad de ocultar, de hacer la vista gorda. Y hay situaciones sobre las que no se puede pasar de puntillas. La iglesia católica debería realizar un acto de reflexión y replantearse muchos de sus postulados, sobre todo aquellos que se refieren al orden sacerdotal y las consecuencias que se derivan de la condición de sacerdote. Debería intentar, de una vez por todas, adaptarse a una sociedad en constante cambio, a un mundo que no es el mismo. Algunos auguran ya una caída del Papa por efecto de la presión mediática que se está ejerciendo sobre su figura. Recordemos que la iglesia católica ha sobrevivido durante dos milenios a los vendavales de la historia y que millones de personas en el mundo se declaran católicos pese al amplio historial de despropósitos y elecciones erróneas que los jerarcas han seguido a lo largo de los siglos. No creo que la presión de los medios de comunicación sobre la cúpula católica sea capaz de erosionarla más allá del aluvión coyuntural de críticas. Pero la justicia también debería replantearse muchos aspectos de su labor, entre ellos su relación con la iglesia y la consideración de los delincuentes independientemente del hábito que vistan. Y los medios de comunicación también deberían reflexionar acerca de su papel en todo este debate público y no limitarse sólo a generar ruido y confusión.
miércoles, 31 de marzo de 2010
De mártires y luchadores

Existe algo obsceno en la contemplación de una persona que se deja morir por una idea. La degradación que sufre el cuerpo humano sometido a una huelga de hambre es uno de los espectáculos más dolorosos que se pueden producir. Guillermo Fariñas, disidente cubano, lleva más de un mes sometido a esa dura prueba. Y su ejemplo está cundiendo en la isla, pues otros dos disidentes se han sumado a esta medida de presión hacia el gobierno cubano. Reclaman del régimen la puesta en libertad de 26 opositores enfermos.
Convengamos en que una huelga de hambre puede ser un buen instrumento de presión, sobre todo si, como en este caso, cunde el ejemplo, se multiplica el número de huelguistas y de este modo se consigue que la comunidad internacional también presione. Hace falta mucho valor para emprender una protesta de este tipo, máxime cuando se sabe a ciencia cierta que el gobierno no va a ceder y que el transcurso de la huelga puede convertirse en un tránsito doloroso hacia una muerte diferida.
Y aquí es donde deberían plantearse algunos interrogantes a la hora de decidir si la huelga de hambre es la forma de protesta más adecuada. Ante la intransigencia de un gobierno dictatorial que deja morir a aquellos que no están de acuerdo con sus postulados, quizá la mejor forma de lucha, la más eficaz, no sea la de emprender una huelga de hambre. La persona que la lleva a cabo hasta sus últimas consecuencias puede convertirse, y de hecho lo hace, en un mártir de la causa y su ejemplo puede considerarse inspirador y servir de modelo a otros. Pero hay que tener en cuenta que, por mucha admiración que despierten en sus compañeros de lucha, los mártires quedan en el recuerdo, pero no ganan las batallas.
Para alcanzar la victoria es necesario luchar. Y para luchar de forma efectiva, es necesario estar vivo. Se lucha por una causa, un ideal. Se lucha por la libertad, por el progreso, por la paz. Se lucha por una vida mejor. Y esa lucha sólo puede ser positiva si se enarbola la bandera de la vida, de la esperanza. No seamos ingenuos, sin medidas contundentes no cabe esperar ningún gesto de apertura por parte del gobierno cubano. Pero si esas medidas contundentes conllevan la pérdida de vidas humanas, vidas por demás preciosas y que pertenecen a personas de extrema valía, habría que replantearse los términos de la lucha. Siempre será más útil un luchador que cien mártires.
Foto: La Razón
viernes, 26 de marzo de 2010
Garzón en la encrucijada

La independencia de criterio es un valor muy escaso en estos tiempos de disciplina de partido y corrección política. En cambio, la cobardía y la ocultación están en alza. Por eso, cuando un hombre (o una mujer) son capaces de hacer gala de la primera para atacar a la segunda y la tercera, sólo ganan enemigos. A veces muy poderosos pues, tanto la cima del poder como sus aledaños, suelen estar poblados de personas para las que el valor de los demás, o más bien la ausencia de miedo son, cuando menos, un problema.
Baltasar Garzón se ha ganado, a lo largo de su carrera judicial, numerosos enemigos. A menudo se acusa al juez Garzón, sobre todo en esta etapa en la que tantos casos de corrupción se están destapando, de connivencia con el poder. Sin embargo, habría que recordar que fue este el magistrado que investigó los GAL, lo que le creó numerosos problemas con el gobierno de Felipe González. También ha sido él quien más empeño ha puesto, desde el estamento judicial, en la lucha contra el terrorismo, o al menos esa es la idea, la imagen, que llega a la sociedad. Además, su carrera está jalonada de numerosos éxitos, y no sólo a nivel nacional. Fue él quien se atrevió a encausar a Pinochet y a algunos militares argentinos acusados de detenciones ilegales, torturas y desapariciones durante la dictadura de su país. Esas acciones le valieron a Garzón el reconocimiento de la comunidad internacional.
Por eso sorprende que, cuando el juez sigue el camino lógico que, además, se le había reclamado desde algunos foros, es decir, cuando Garzón decide investigar los crímenes cometidos durante la dictadura en su propio país, el aplauso se vuelve mirada suspicaz, la admiración se convierte en recelo y comenzamos a buscar la manera de evitar que se reabran las heridas (heridas que a unos duelen más que a otros, todo hay que decirlo). Y claro, se busca la manera de atacar nuevamente a este juez. Se le denuncia por prevaricación al declararse competente para investigar los crímenes del franquismo. Y entonces saltan los que estaban agazapados esperando el momento porque ese momento ha llegado.
Yo no sé si Garzón ha estado o está metido en asuntos sucios (y quién puede decir con la cabeza alta que tiene las manos completamente limpias). Pero pienso que estamos asistiendo a una persecución cuyo último episodio por el momento ha sido la desestimación del recurso presentado por el acusado, lo que en la práctica supone despejar el camino para acabar con la carrera de Garzón. Podría enfrentarse a una pena de entre 12 y 20 años de inhabilitación. Es triste vivir en un país que no cuida a sus hombres valientes.
Foto: diario ABC
martes, 23 de marzo de 2010
Espe ataca de nuevo

Esta vez nos ha tocado a los andaluces. Esperanza Aguirre, también conocida como “la lideresa”, ha tenido a bien incluir una perla sobre Andalucía en el ya largo rosario de despropósitos que va sembrando prácticamente cada vez que habla. Dice que el gobierno no hace más que dar a los andaluces “pitas, pitas, pitas. Y esto la gente del campo sabe de lo que hablo”, ha concluido sus declaraciones realizando además un alarde gramatical de mucho empaque.
No es la primera vez que un dirigente del Partido Popular se refiere a los andaluces con descalificaciones. Tampoco es la primera vez en la cuenta particular de Espe (así, con confianza, es tan entrañable). Subsidiados y vagos, creo que nos llamó en alguna ocasión.
Pero lo sorprendente no es que algunos dirigentes del Partido Popular hablen así de los andaluces. Tampoco lo es que lo haga Espe, que tiene en su haber frases ya míticas como la reciente “Nos hemos quitado de en medio a un hijoputa” o una un poco más antigua, cuando era ministra de cultura y felicitó a “la señora Sara Mago” por su premio Nobel de Literatura, o cuando demostró su carácter aguerrido y valiente al salir pitando de aquel hotel de Bombay para deleitarnos aquí con el relato de sus experiencias, rubricado con un rotundo “No descansaré hasta que todos estén en casa”, refiriéndose a los miembros de la delegación española que ella encabezaba. Por no hablar de cuando nos abrumó con sus problemas económicos al asegurar que no llegaba a fin de mes.
No, nada de eso sorprende. Lo que sí sorprende es que personas que aspiran a gobernar este país se refieran a los habitantes de algunas comunidades autónomas haciendo gala de su supina ignorancia y su escaso calado intelectual, recurriendo a tópicos más propios de una película de aquellas de Paco Martínez Soria que de los tiempos que vivimos. Lo que sí sorprende es que estas mismas personas que dicen desvivirse por España no levanten un dedo para intentar que el país salga de la crisis que está llevando a mucha gente, no ya a llegar ajustados a fin de mes, sino a estarlo desde el día uno, simplemente porque necesitan esta crisis económica para mantener ciertas aspiraciones de ganar unas elecciones que de otro modo volverían a escaparse. Lo que sí sorprende es que nadie en ese partido sea capaz de callarle la boca a Espe. Y lo más sorprendente de todo es que ella siga engordando su cuenta de sandeces y eso todavía no le haya pasado factura.
viernes, 19 de marzo de 2010
Ideas originales

El movimiento feminista, como cualquier impulso intelectual que se instrumentaliza, puede enfilar una senda muy peligrosa si se permite que se conviertan en voceros de sus postulados personas como Bibiana Aído. La última propuesta, más o menos velada (la señora Aído suele adscribirse a la muy extendida costumbre de tirar la piedra y esconder la mano) de la ministra de igualdad ha sido sugerir que el feminismo ocupe un lugar en la formación troncal de los estudiantes universitarios, lo que viene a ser lo mismo que convertirse en asignatura obligatoria. Parece ser que no tener nada que hacer da mucho trabajo, porque Bibiana Aído no para de hilvanar propuestas, cada cual más descabellada que la anterior, mientras ejerce su labor como cabeza de un ministerio que nadie sabe muy bien para qué sirve.
Las aportaciones de Aído a la mejora del sistema educativo español no son nuevas. Ahí están, por ejemplo, sus denodados esfuerzos por conseguir la paridad ligüística con aquello de los “miembros y miembras”. Recuérdenlo. Y tras soltar aquella soberana estupidez, encima lo adornó con una sonrisita bobalicona que dejaba entrever que la frase estaba muy meditada y no la pronunció al azar. Y días más tarde, ante la lluvia de improperios absolutamente merecidos, no sólo no reconoció su metedura de pata, sino que aseguró que había que luchar contra el sexismo en el lenguaje.
Ahora, para demostrar de nuevo su coraje feminista, aboga por la implantación de una asignatura de feminismo obligatoria en la universidad. Personajes así dañan la imagen del verdadero esfuerzo que auténticas luchadoras han realizado a lo largo de la historia por conseguir un tratamiento digno para la mujer, una igualdad real de derechos entre hombres y mujeres. Recetas como la propuesta por la ministra de igualdad y su recepción entre la ciudadanía pueden llevar a un retroceso peligroso en la consideración social del movimiento feminista.
Pero como proponer alegremente no cuesta nada, yo también quisiera lanzar una idea. En estos tiempos de crisis en los que no nos ponemos de acuerdo acerca de las medidas a tomar para paliar los efectos de la debacle económica, ¿no sería una buena medida de ahorro suprimir gastos innecesarios como, por ejemplo, el sueldo de la señora ministra de igualdad?
sábado, 13 de marzo de 2010
Adiós a un amigo

Siempre que muere un contador de historias todos nos quedamos huérfanos. Los contadores de historias son los guardianes de la memoria de la tribu, esa memoria compuesta de todas las experiencias, todas las ideas, toda la imaginación que el ser humano ha sido capaz de acumular desde el principio de los tiempos. Son los buenos contadores de historias quienes recogen el poso de la tradición y lo destilan para devolvérnoslo reelaborado, el mismo cuerpo con un vestido nuevo. Todo está ya contado, pero siempre se puede volver sobre ello, existen perspectivas originales, aristas desconocidas, destellos, vislumbres, detalles. Ayer por la mañana murió en Valladolid, su ciudad, Miguel Delibes Setién, el más grande contador de historias que hemos tenido en España en el siglo XX.
Un hombre
Su biografía, que puede resumirse como la de un hombre corriente, estuvo jalonada de muchos éxitos, algunos fracasos, trabajo constante y firme. También conoció el dolor con la muerte de su esposa en 1974. Quizá no fue un hombre feliz, pues la felicidad para él no existía, pero se esforzó en ello y lo hizo por amor. Lo cuenta en Señora de rojo sobre fondo gris. En otra parte, él mismo describió ese sentimiento: “El estado de felicidad no existe en el hombre. Existen atisbos, instantes, aproximaciones, pero la felicidad termina en el momento en que empieza a manifestarse. Nunca llega a ser una situación continuada. Cuando no tienes nada, necesitas; cuando tienes algo, temes. Siempre es así. Total, que nunca se consigue” (entrevista en El País 9/12/2007).
Miguel Delibes nació en Valladolid, en el otoño de 1920. Con apenas 21 años comenzó a trabajar en el periódico El Norte de Castilla, del que llegaría a ser director en 1958. El seudónimo Max ocultó al autor tras sus primeros trabajos como viñetista. Al mismo tiempo sacó la cátedra de Derecho Mercantil. Y se casó con Ángeles de Castro, su esposa durante toda la vida, hasta el fallecimiento de esta y aún después, pues Delibes se definió en alguna ocasión como “viudo fiel”. En El Norte de Castilla ejerció su labor periodística durante muchos años. Bajo su tutela dieron sus primeros pasos profesionales autores como Francisco Umbral, José Jiménez Lozano o Manu Leguineche. Hubo momentos duros durante esos años, con una lucha constante para sortear las directrices que en aquellos momentos imponía la dictadura a través del ministerio de Información y Turismo. Pero Delibes salió indemne de ellos y legó al periodismo la impronta de un profesional preocupado por el buen uso de la lengua castellana y por la necesidad de ejercer el trabajo periodístico en absoluta libertad.
En 1948 publica su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, e inaugura su colección particular de premios literarios con la concesión del Nadal. A lo largo de su carrera obtendría también el Nacional de Literatura, el Nacional de las Letras Españolas, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Nacional de Narrativa y el Cervantes. Cuentan las malas lenguas que, en cierta ocasión le fue ofrecido el Planeta, pero él lo rechazó. La integridad fue una de sus virtudes. Su carrera literaria es de sobra conocida, los títulos que más fama le han dado –El camino, Las ratas, Los santos inocentes, Señora de rojo sobre fondo gris, Diario de un jubilado, El hereje– adquirieron desde muy pronto el marbete de clásicos. Su amor por la lengua castellana lo llevó hasta la Real Academia Española. Sólo el premio Nobel se le ha negado, lo que constituye un desdoro, otro más, para ese galardón cada vez más alejado de la realidad.
En lo personal, seguro que el momento más difícil fue la muerte de su mujer, con la que tuvo siete hijos. De ellos el más notorio públicamente es Miguel Delibes de Castro, biólogo, conservacionista y ecologista, autor junto a su padre de algunos libros bellísimos sobre la naturaleza y los peligros que la acechan.
Tuvo una vida larga, plena, que supo vivir sin aspavientos, con la modestia de los humildes y el orgullo de quien trabaja mucho y lo hace bien. Ayer, a los ochenta y nueve años, esa vida se apagó. Ahora Delibes cruza la difusa línea de la posteridad.
Un paisaje
Joaquín Soler Serrano lo entrevistó alguna vez en aquel estupendo programa de la televisión en blanco y negro que era como un oasis de color en el páramo umbrío de la cultura durante la dictadura franquista. Allí habló de muchas cosas y, entre ellas, recordó el origen francés de su apellido. Ascendientes galos que viajaron a España por motivos profesionales y ya no se marcharon. En ese programa habló también, como tantas veces lo ha hecho después, del campo castellano. Castilla fue la cartografía sentimental de Delibes. En ella situó sus novelas, de ella extrajo a sus personajes y los elevó a la categoría de mitos, según la segunda acepción que el diccionario de la Real Academia ofrece de esta palabra: “Historia ficticia o personaje literario o artístico que condensa alguna realidad humana de significación universal”. Su prosa se ajustó siempre a las condiciones del paisaje descrito, sencilla, precisa, sin ornamentos vacuos ni oropeles innecesarios y, al mismo tiempo, de una riqueza infinita. Supo dar significación universal al rincón del mundo donde se desarrolló su vida y esa es, sin duda, la marca de los grandes escritores.
También expresó la extrañeza del hombre sencillo cuando sale del campo y se topa, de manos a boca, con el ritmo frenético de la ciudad. Un hombre, por lo general, mayor, que se ve trasplantado a un mundo que no es el suyo, que no conoce y en el que no se encuentra cómodo. Y que encuentra compresión en los niños, tan ajenos como él a ese mundo artificial, o en los animales, símbolo de la libertad perdida que se ansía recobrar.
Sólo una vez su prosa salió al mar. Y lo hizo brevemente en su última novela. El mar se transformó con rapidez en espacio de libertad, en vehículo para la transmisión de ideas nuevas, ideas que darían lugar a revoluciones y que causarían llanto y dolor por culpa de la cerrazón y la intolerancia, pero que harían avanzar la maquinaria de la historia hacia formas más plenas de entendimiento, hacia momentos menos oscuros de la humanidad.
La caza fue la actividad que prefirió. Y en eso también aplicó su sabiduría de hombre sencillo. Para él la caza no era un deporte sin más, sino una manera de incluirse en la naturaleza, de formar parte de ella. La caza fue su pasión más acendrada y muchas veces dejó constancia de ello en entrevistas y declaraciones públicas. La entendía como una actividad en la que el cazador y la pieza deben competir en las condiciones más similares posibles. El cazador utiliza su armamento superior, pero no debe aprovecharse de manera innoble de las debilidades de la pieza. Delibes supo ejecutar sus actos con envidiable coherencia y honestidad.
Una pasión
Nunca conocí a Delibes. Muchas veces pensé escribirle, me habría gustado mucho establecer con él una relación epistolar. Pero un extraño sentimiento de pudor siempre me retrajo. Puede que yo sea una especie de otros tiempos. Hoy en día, estamos hartos de verlo, el pudor nunca disuade a nadie. A mí me mantuvo a distancia.
De todas formas, no hacía falta conocer personalmente a Delibes. Bastaba con leer sus libros. En ellos ya estaba, aquilatada, la personalidad de este hombre bueno en el sentido machadiano del término. Desde La sombra del ciprés es alargada, y al margen del rimero de premios literarios que sus libros obtendrían, hubo siempre en toda su obra un amor desbordante por sus personajes. Daniel el Mochuelo, el Azarías, Cipriano Salcedo, todas las vidas que surgieron de su pluma estaban indisolublemente ligadas a la suya propia y él se reflejaba en todos y cada uno de ellos. Aunque parezca una perogrullada señalar que un narrador vive en lo que escribe, esa es un virtud que muy pocos, sólo los más grandes, poseen. Y si no, basta con leer muchas de las novelas que se publican en estos tiempos de desmesura que vivimos. Se nota la falta de imbricación de los autores con sus personajes, se percibe que han sido diseñados con la frialdad de una mente analítica, o en el despacho de algún editor poco escrupuloso, con el único afán de alcanzar el éxito de ventas. Pero no tienen calor y, por eso mismo, no son capaces de reflejarlo. No son humanos.
Lo de Delibes era distinto. Una forma de entender la literatura como una parte de la propia vida, una manera de crear personajes y cuidarlos, caminar un trecho a su lado hasta estar seguro de que el lector los conoce, se reconoce y viajará con ellos el resto del camino. Una preocupación parecida a la de un padre por sus hijos. Y no eran necesarias las alharacas retóricas, el barroquismo ni el abigarramiento. Con una prosa desnuda al tiempo que riquísima, Delibes pintó para nosotros el cuadro completo de la España que le tocó en suerte. Expuso como nadie los contrastes entre la ciudad y el campo, expresó los anhelos de los humildes, se metió a menudo en la piel de los niños y nos mostró el mundo de los adultos a través de sus ojos, para que pudiéramos reírnos de nosotros mismos y de nuestra pretendida trascendencia. Delibes habló de la conciencia individual y cantó a la libertad con una fuerza poderosa. Su última novela publicada, El hereje es, quizá, la mejor de toda su producción. Delibes nos mostró el amor con una delicadeza, una sutileza y una naturalidad muy difíciles de igualar y lo hizo en el libro que le dedicó a su mujer, fallecida muy pronto. Señora de rojo sobre fondo gris, la luminosidad de una mujer excepcional contrastada con el fondo tenebroso de un país que se diluía en la desidia, atenazado por la mordaza de la dictadura.
Un hombre que puso pasión en cuanto hizo. Nunca lo vi personalmente, no estuve con él ni estreché su mano. Pero leí sus libros y puedo asegurarles que conozco a Miguel Delibes Setién y que es mi amigo.
jueves, 17 de diciembre de 2009
GÓTICO ITALIANO

La pasión por las catedrales ha vuelto a desatarse. Que no se emocionen los seguidores de Ken Follet, no se trata de la inminente publicación de una tercera parte de Los pilares de la Tierra. Aunque las catedrales de las que hablo bien podrían ajustarse a la definición de best-seller. Según una información difundida por varios diarios digitales, las réplicas de la catedral de Milán que, por lo general, se venden sin mucho éxito a los turistas, se han convertido en un codiciado objeto de deseo. Y es que no hay como el roce con el poder para dotar a casi cualquier cosa de una atracción especial.
La figura en cuestión se elabora en diversos materiales, desde la resina hasta el mármol. Las más baratas cuestan unos cinco euros y las más caras, diez. A buen seguro, los vendedores de souvenirs de la plaza del Duomo milanés, estarán frotándose las manos, y no precisamente para conjurar el frío invernal que por fin parece haber llegado al Mediterráneo, sino más bien porque la dichosa figurita puede hacer que sus navidades sean un remanso contra la crisis económica. Desde que el pasado domingo un tal Massimo Tartaglia, en lo que él mismo ha definido como un “arrebato”, estrellara una de esas réplicas de la catedral gótica sobre el rostro de Silvio Berlusconi, las ventas se han disparado. Es algo que no debe extrañar a nadie, si se tiene en cuenta la rapidez con la que se banaliza en la actualidad cualquier hecho destacable.
Y no debería tomarse a la ligera esta agresión a Berlusconi, por más que muchos de sus opositores puedan pensar que la merecía y, en secreto, admirar los redaños de su perpetrador. Partiendo de la base de que toda agresión física es deleznable, y aún admitiendo que el comportamiento disoluto y prepotente de Il Cavaliere haya podido provocar el ataque, no deja de tratarse de un atentado contra el primer ministro de un país, un político que ha sido elegido democráticamente como representante público del pueblo que, en su mayoría, lo ha votado. Estos días abundan los reportajes de prensa en los que se analiza la situación en la que se ve inmerso Berlusconi, y que parece augurar su caída. Juicios pendientes, escándalos sexuales, acusaciones de relación con la Cosa Nostra. Nada nuevo en la biografía del hombre más rico de Italia. Pero son pocos los análisis de cómo un atentado puede banalizarse hasta convertirlo en uno más de esos bochornosos espectáculos a los que la televisión basura nos tiene acostumbrados.
No estamos, sin embargo, ante una pelea entre las dos mujeres de un torero, ni ante la enésima infidelidad de un deportista, asuntos que deberían ser privados y con los que se mercadea impunemente. Se trata de algo más serio. Es la expresión de un clima de violencia y de tensión que se está instalando en Italia y que recuerda de manera peligrosa a tiempos pasados aunque no muy lejanos. El ataque a un primer ministro, aunque este haya dado sobrados motivos para que una parte del país sienta deseos de partirle la cara, no debería ser un tema que se trate a la ligera. Implica la consideración de valores importantes para nuestra supervivencia como cultura, plantearse de nuevo el significado de palabras cuyo sentido ha sido pervertido en demasiadas ocasiones, palabras como democracia, violencia, corrupción, sexo, poder, opinión pública, respeto. Y, aunque lo parezcan, no son los elementos de ninguna novela, de ningún best-seller como Los pilares de la Tierra, sino los fundamentos sobre los que se asienta gran parte de la política actual, y no sólo en Italia.
lunes, 22 de junio de 2009
CAE EL TELÓN, SE APAGAN LOS FOCOS

Me viene a la memoria uno de los personajes de la película Cadena perpetua. Aquel viejo presidiario al que un buen día le conceden la libertad, sin saber que lo que en realidad hacen es añadir una nueva condena, esta aún mas dura, a la que ya había pagado. Y es que, tras años de vivir entre rejas, el hombre ha quedado inservible para regir su propio destino. Anulado como persona, incapaz de tomar sus propias decisiones, incluso las más sencillas. Y, para colmo, carece de referencias en el exterior porque todos sus amigos permanecen en presidio.
A algunas personas les suceden cosas así. Se acostumbran a una rutina, a la comodidad de no tener que arriesgarse y decidir. A ocupar un lugar en el que son reconocidas, en el que encuentran su puesto. La engañosa realidad televisiva quizás sea un caldo de cultivo apropiado para que la gente desarrolle esa dependencia. Desde hace tiempo estamos acostumbrados al peregrinaje de ciertos personajillos por los programas de televisión, casi siempre para contar las memeces por las que les pagan. Más allá del dinero que ganen con esa actividad, lo que en realidad les atrae es el calor de los focos, al que acuden igual que los mosquitos a un farol. Algunas personas no saben estar alejadas de los focos. Se acostumbran pronto al calor del público que jalea sus ocurrencias, sus chistes, sus disparates televisivos y se convierten en personajes de sus propios espectáculos, hasta tal punto que ya no distinguen entre la realidad y la ficción de sus programas. O no quieren que caiga el telón porque entonces no sabrían qué hacer ni adónde ir.
Un ejemplo reciente lo tenemos en la historia del israelí Dudu Topaz, relatada hace unos días por el veterano corresponsal Henrique Cymerman. Durante años Topaz fue el rey indiscutible del panorama televisivo hebreo. Sus programas ocuparon los primeros puestos en los índices de audiencia. Pero un día, todo se torció. Hemos asistido en muchas ocasiones a derrotas parecidas. Todo un país volcado con una persona cuyas ocurrencias son celebradas, sus tics imitados, su personalidad admirada sin reservas. Y, de pronto, el fenómeno se desinfla. El favor del público (no hay nada más voluble), se le niega sistemáticamente. Ha terminado la función. Hay quien lo acepta y desaparece de la escena, en un último gesto de complacencia con aquellos que lo admiraron. Otros, en cambio, comienzan a arrastrarse de programa en programa, convertidos en tristes reflejos de sí mismos.
A Topaz no es que le faltaran las ideas a sus 62 años. Al contrario, tenía muchas, no se había hecho viejo. Pero a sus superiores, que siempre están en sintonía con lo que el público demanda, tal vez porque son ellos quienes deciden qué demanda ese público en cada momento, no les convencían. Su última propuesta fue un espectáculo televisivo basado en relatos bíblicos. Una idea muy buena, según el propio Topaz, que se la ofreció personalmente a la directora del canal para el que trabajaba. También fue rechazada. Quizá el veterano presentador insistió, le mostró a la ejecutiva las bondades de su proyecto, incidió sobre la buena acogida que el público israelí dispensaría al espectáculo. Pero no hubo manera de convencerla. Los tiempos de gloria de Topaz habían pasado.
Días después, la directora obstinada recibió una paliza salvaje a las puertas de su vivienda. No fue la única. Tres ejecutivos más recibieron sendas muestras del grado de despecho que sufría Topaz. Pues no era otro quien se encontraba detrás de las agresiones. La estrella rechazada había utilizado las rentas de su pasada gloria para vengarse de los que le habían alejado de los focos. Y su furia se cernía también sobre su ámbito privado pues, al parecer, planeaba el asesinato de una de sus ex esposas.
Ahora ha vuelto a acaparar la atención de los medios de su país. Pero será por poco tiempo, hasta que la conmoción se apague y la sorpresa reclame nuevos alimentos. Entonces caerá, esta vez definitivamente, el telón y los focos se apagarán. El espectáculo habrá terminado.
viernes, 19 de junio de 2009
ESTA MAÑANA

Hemos desayunado hoy con dos noticias tristes: la muerte de Vicente Ferrer en la India y la de Eduardo Antonio Puelles en Vizcaya. Noticias como estas empequeñecen el mundo y encongen el corazón. Vicente Ferrer era mundialmente conocido por su labor en favor de los más desfavorecidos de la India. El nombre de Eduardo Antonio Puelles, hasta hoy, era completamente desconocido para la opinión pública. Pero un nuevo coletazo mortal de ETA ha acabado con su vida esta mañana, al filo de las 9.00 h. Si hacemos caso de los mensajes del gobierno, esa banda de asesinos está agonizando. Pero no acaba de morir. Y, entretanto, continúa matando. Era cuestión de tiempo que estos sujetos se hicieran notar. De algún modo tenían que expresar su opinión acerca del nombramiento de Patxi López como lehendakari. Y como no saben hacer otra cosa, han hablado con el lenguaje balbuceante y deficiente de las bombas. El único que conocen, junto al del tiro en la nuca. Esta mañana, al filo de las 9.00h, han asesinado a Eduardo Antonio Puelles García, un policía vizcaíno de 49 años, casado y con dos hijos. Al parecer (los detalles son aún confusos), lo han hecho delante de su mujer y sus vástagos. Una muestra más de la inmensa cobardía de estos asesinos.
Muy lejos de Vizcaya, en la India, la vida de Vicente Ferrer ha llegado a su fin tras décadas de dedicación a una labor que parece imposible: aliviar el sufrimiento de los pobres. A lo largo de su existencia este hombre bueno en el sentido machadiano del término, ha tenido que lidiar con las condiciones más duras en las que puede florecer la vida humana, con la miseria, el hambre, la falta de educación, la marginación, la pobreza. También tuvo que luchar contra la incomprensión o los intereses mezquinos de los gobiernos. Pero consiguió mejorar las condiciones de vida de unos dos millones y medio de personas, muchos de ellos mujeres. Recibió honores, premios y reconocimientos, pero seguro que su mayor recompensa consistió precisamente en su trabajo. Era un hombre valiente.
Esta mañana hemos comprobado una vez más que, en este mundo indolente y egoísta, harían falta muchos más hombres como Vicente Ferrer o como Eduardo Antonio Puelles y muchos menos como los asesinos de ETA. Recuerdo una frase procedente, creo, del Talmud: “Quien salva una vida, salva al mundo entero”. Pues eso.
jueves, 4 de junio de 2009
OBVIEDADES

El próximo domingo se celebrarán, por fin, las elecciones al Parlamento Europeo. Y digo “por fin” porque seguro que somos muchos los que estamos más que hartos de lo que se ha dado en llamar “campaña electoral”. Decir que, en muchas ocasiones durante los últimos años, la política española ha descendido a las cloacas, tal vez en busca de sí misma, es seguramente una obviedad. Afirmar que la política de muchas otras naciones no le va a la zaga es, con toda probabilidad, otra obviedad. Disponemos de abundantes ejemplos en cualquier ámbito. Vivimos en un mundo de obviedades, donde hay que dar por sentado que las cosas son así y que sea cual sea la opción que se escoja, así continuarán. Hemos llegado a dar por sentado que es normal que los candidatos que concurren a unas elecciones mientan a su electorado y hagan promesas al ciudadano que no tienen intención alguna de cumplir.
Pero estamos alcanzando unos extremos de desorientación, falta de ideas y proyectos, confrontación, irresponsabilidad, desfachatez y desvergüenza tales que dan pavor. Rajoy acusa a Zapatero de gastar alegremente el dinero de los contribuyentes viajando en un avión del ejército para dar mítines; Pepe Blanco afirma que también la seguridad de Aznar, un equipo de 51 personas, supone un elevado gasto para el erario público; Aznar critica la temeridad de Blanco al hacer público el número de escoltas del expresidente; el Partido Popular acusa a Manuel Chaves de conceder ayudas millonarias, cuando era presidente de la Junta de Andalucía, a la empresa en la que trabaja una hija suya. El PSOE pretende que Francisco Camps explique quien le pagaba los trajes y éste afirma que abona sus compras en metálico. Monseñor Cañizares establece comparaciones desafortunadas entre el aborto y el abuso a los menores, Mayor Oreja le secunda con cierta ambigüedad y Juan Fernando López Aguilar aprovecha para arremeter contra su adversario en un debate televisivo de escasísima audiencia.
Sin embargo, ni una sola palabra sobre Europa, ni un solo proyecto expuesto con claridad acerca del tema sobre el que tendremos que decidir el domingo. Y así acudiremos a las urnas, en momentos de crisis, económica sí, pero también política. Los políticos van por un lado y los ciudadanos por otro. Y esto no sólo es una obviedad, sino una auténtica pena. Cuando más se necesita un motivo para la esperanza, menos consuelo ofrecen los que mandan. Pero ellos lo pasan bien, y si no que le pregunten a Berlusconi.
miércoles, 25 de marzo de 2009
UNA MUJER LIBRE

Antena 3 acaba de emitir una miniserie basada en la vida de Pepa Flores, aquella niña que se hizo famosa cantando y actuando bajo el nombre de Marisol. No se trataba de un documental, sino de una película para televisión y, como tal, los dos capítulos contenían gran cantidad de ficción. Sin embargo, lo que la serie sí que lograba transmitir con aroma de verdad (y para esto es fundamental el trabajo de la actriz Teresa Hurtado, que interpreta a la malagueña en su etapa adulta), sobre todo en el segundo capítulo, era el drama interno que vivió la cantante y actriz. Quedan bien retratados el hartazgo de una mujer a la que habían robado su infancia para crear un mito, un icono, algo que nunca la satisfizo. No creo que la verdadera Pepa Flores aspirase a una vida modesta, a ser únicamente esposa y madre, como parece reflejar la serie. Pero sí a ser ella quien decidiese cómo compaginar sus aspiraciones personales con su vida profesional, a decidir cuándo había llegado el momento de hacer qué. Y eso se le había negado prácticamente desde el principio. Así que es probable que el juguete de la fama y el éxito se rompiera muy pronto en manos de aquella chiquilla. Ahí reside, a mi juicio, la clave de la historia: hubo un momento en que a Pepa Flores ya no le gustaba ser Marisol. Quizá ese momento se manifestó por primera vez durante la infancia, o tal vez llegó cuando la niña se transformó en mujer. Eso sólo lo sabe ella. Lo que sí queda claro en la serie es la explotación a la que estuvo sometida y la falta de unos referentes sólidos durante su etapa infantil. Dicen que en aquella época todas las niñas querían ser como Marisol. Y Marisol sólo quería ser como Pepa Flores, como siempre había soñado. Al final lo consiguió, aunque tuvo que luchar, y aún tiene que hacerlo, por su libertad, por disponer de sí misma. Pienso que Pepa Flores merece nuestra admiración y su decisión de permanecer ajena al mundo del espectáculo es digna de respeto. Y más en ella, que fue un mito, una diosa con los pies de barro que, sin embargo, supo afirmarse sobre su propio pedestal sólo para ser capaz de bajarse de él. Posiblemente muchos de los actuales aspirantes a la gloria (en televisión no hay día en el que no veamos cómo multitud de jóvenes acuden a los programas concurso con la única ambición de hacerse famosos) deberían pensar un poco en Pepa Flores. Pararse a meditar y decidir si el esfuerzo merece la pena, si el éxito vale lo mismo que el dolor de renunciar a disfrutar con lo que uno hace que es, al fin y al cabo, lo que da sentido a una vida, si el deseo de alcanzar la cima compensa todo lo que hay que dejar atrás. Pero es difícil que suceda así. Porque para eso hay que estar hecho de una pasta especial o hay que haber sufrido mucho. O ambas cosas. Sólo vemos el resplandor de los focos, pero no pensamos que podamos quemarnos si nos acercamos mucho. Marisoles hay muchas, pero Pepa Flores sólo una.
viernes, 13 de marzo de 2009
LECCIONES DE AVENTURA

Quienes hayan leído la novela El paciente inglés habrán disfrutado de un festín de auténtica literatura. Quienes haya visto la película, habrán disfrutado de un festín de auténtico cine. Y quienes lean Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias disfrutarán de la prosa excelente de un periodista capaz de devolvernos el goce infantil que provocaba la proximidad del peligro, la cercanía de la aventura. Eso sí, de la aventura soñada, imaginada, vivida entre las páginas de un libro o ante la pantalla de un televisor una tarde de sábado de nuestra infancia.
Se trata de una colección de artículos escritos por Jacinto Antón y publicados en las páginas de El País. El libro es una auténtica delicia ya desde la ilustración de cubierta. Pero es la prosa del periodista barcelonés lo que lo hace especial. En primer lugar, quien se atreva a posar sus ojos sobre las primeras frases de cualquiera de las piezas antologadas, será llevado como en volandas hasta la conclusión del texto. Y quedará con ganas de más. La atractiva cualidad de la escritura de Antón (que surge, sin duda, de la pasión que éste siente por los temas sobre los que escribe) se combina con el indudable interés de los asuntos tratados para convertirse en un poderoso veneno del que, una vez inoculado, es imposible salvarse.
Pero lo mejor de todo es que el periodista narra sin apartarse nunca de un humor que actúa como elemento distanciador pero que, en realidad, se trata de una trampa, un artificio para esconder un amor por la aventura más propio de un chaval de doce años que de un hombre adulto que ha caído en todas las trampas que tiende la vida. Y es ahí donde reside el mérito del libro, en convertirnos otra vez en niños, en que pasemos las páginas extasiados, disfrutando de cada texto y aguardando expectantes las nuevas sorpresas que nos deparará el siguiente. En sus crónicas Antón recupera para nosotros el placer del peligro, el fetichismo de la aventura, el aroma de una buena historia contada con maestría, sin renunciar a la melancolía que la mirada adulta imprime sobre aquello en lo que se posa. Y, a través de sus páginas, nosotros recuperamos con él la pasión infantil que nos llevó a viajar a los desiertos africanos, o a combatir en los cielos de la Segunda Guerra Mundial, o a navegar por mares infestados de peligros, o a luchar en una llanura del lejano oeste. Nos divertimos como lo hacíamos entonces. Pero sobre todo, recuperamos la magia de leer que es, quizá, la última aventura que nos queda.
jueves, 5 de marzo de 2009
DE VUELTA DEL PARAISO

Acabo de leer un reportaje sobre Dharavi. Dharavi es un suburbio. Pero no un suburbio en el sentido de barrio periférico y más o menos marginal, tal como se entiende esa palabra por aquí. Es uno de esos suburbios del llamado tercer mundo, que no es otra cosa que una ciudad dentro de otra, en la que varios millones de personas se hacinan en condiciones más que precarias. Dharavi es un suburbio de una de las mayores megalópolis del mundo: Mumbai, antes llamada Bombay.
En Dharavi no hay agua corriente, las ratas y otros parásitos conviven en pie de igualdad con los seres humanos, las enfermedades campan sin control, recibir una buena educación es una posibilidad lejana. Más de un millón de personas viven en un territorio de poco más de dos kilómetros cuadrados. Como dice el escritor Vikas Swarup, en Dharavi hay que hacer cola hasta para cagar. Y, sin embargo, también en Dharavi es posible vislumbrar el paraíso.
Eso es lo que le sucedió recientemente a dos niños. Dos chavales de entre los miles que habitan Dharavi fueron seleccionados para participar en una película. En Bombay no es infrecuente que la gente participe en el cine. La industria de Bollywood es, quizá, la más pujante del mundo. Sin embargo, en esta ocasión, la cosa era un poco diferente. Los chicos, un niño y una niña, actuaron en una película financiada con capital extranjero. Cobraron mil dólares y otros 25.000 para cada uno fueron depositados en una cuenta bancaria hasta que los jóvenes cumplan la mayoría de edad y puedan disfrutarlos. No parece mucho, pero para ganar esa cantidad, un indio adulto debe trabajar durante varios años.
Todo habría quedado en un buen negocio para ellos y para sus familias si no fuera porque esa película era "Slumdog Millionaire", galardonada con ocho premios óscar. Los chicos fueron llevados hasta Hollywood, el corazón mismo de la jungla cinematográfica, fueron agasajados con los mejores manjares, se alojaron en hoteles de lujo, se hicieron fotos con los famosos y disfrutaron de una noche mágica, aunque ningún premio recayó especificamente sobre sus personas. Cuando volvieron a la India, el sueño todavía se hizo más intenso. Sus compatriotas los recibieron como a auténticos héroes nacionales, se les tributaron homenajes, todos los periodistas estaban como locos por entrevistarlos. Incluso, según parece, algunos familiares vieron en ellos la posibilidad de salir de la pobreza. Pero de pronto, un buen día, los focos se apagaron, la maraña de gente volvió a sus ocupaciones, la fiebre pasó.
El problema, la auténtica tragedia es que un cuerpo que se ha duchado con agua caliente ya no quiere volver a lavarse sólo de vez en cuando y utilizando el agua de un charco; un estómago que se ha habituado a la comida de los mejores restaurantes se resiente si se le obliga a una dieta escasa, de mala calidad; unos pies que han calzado zapatos de diseño italiano se niegan a caminar entre la miseria y la porquería. En fin, que los chicos ya no quieren vivir en Dharavi, sino en Estados Unidos. El chaval ha caído en una especie de melancolía que lo mantiene apartado de sus antiguos compañeros de juegos; la niña vaga por las calles de su barrio vestida con el mismo traje que usó en Hollywood, ahora manchado y roto, como una muñeca triste con la que ya nadie quiere jugar. La esperanza para ellos es que Bollywood se ha interesado en contratar sus servicios y van a hacer una nueva película. Quizá puedan desarrollar una carrera en el cine de su país que los aleje del barrio que ahora encuentran hosco y deprimente. Tal vez puedan volver a soñar.
Pero ¿qué pasa con esos otros millones de niños en todo el mundo a los que se les niega incluso el derecho a soñar? Hace unos años en Kibera, un suburbio de Nairobi, se vivió una situación similar con el rodaje de otra película, "The constant gardener". ¿Qué habrá sido de aquellos niños que corrían en la pantalla tras el coche que transportaba al atribulado viudo que interpretaba Ralph Fiennes? ¿Qué será de los niños de Kibera, de los chavales de Dharavi, de todos los niños cuyo futuro tal vez no llegue hasta la próxima película? Esa también es la magia del cine.
miércoles, 25 de febrero de 2009
¿QUIERE SER MILLONARIO? INVIERTA EN CINE INDEPENDIENTE

Ya ha pasado la ceremonia de entrega de los Oscar y la resaca posterior. Ya hemos disfrutado con el triunfo de Penélope Cruz, sin duda lo mejor de una película fallida dentro de la irregular filmografía de Woody Allen. Ya hemos asistido a la falta de agallas de los académicos para coronar a Mickey Rourke (aunque perdonable error si se considera que el premiado Sean Penn interpretaba a un homosexual; algo ha avanzado la Academia estadounidense si se ensalza esta interpretación, que no era la mejor, unos años después de que se le negara el Oscar a Javier Bardem por su encarnación de Reinaldo Arenas, cuando esa sí que superaba a todas las demás de aquella edición). Ya hemos respirado tranquilos, por fin, todos los admiradores de Kate Winslet. Pero no es de nada de esto de lo que en realidad quiero hablar.
El motivo de esta nota es comentar una tendencia que parece estarse implantando sibilinamente en Hollywood: el triunfo del cine independiente. Bajo esa vitola llegaba a Los Ángeles la, a priori y a pesar de sus diez candidaturas, invitada de piedra "Slumdog Millionaire". Y de piedra se quedaron todos los invitados cuando esta pequeña película se hizo con ocho estatuillas. Todo un prodigio de rentabilidad. "Slumdog Millionaire" ha venido así a sumarse a una lista de títulos que, bajo el marbete genérico de "cine independiente", ha copado los primeros puestos en cuanto a candidaturas y premios se refiere desde hace unos años. Los ejemplos más recientes son "Pequeña Miss Sunshine" y "Juno".
Tradicionalmente, cuando una de estas pequeñas producciones se colaba en la gran noche de Hollywood, la recompensa solían ser los premios al mejor guión. Ese fue el caso de la mencionada "Juno" o de una gran película como "Entre copas". Pero las cosas han cambiado. El éxito de "Crash" resultó ser premonitorio de una tendencia que ahora se confirma con la entronización de "Slumdog Millionaire".
Sin embargo, la etiqueta "indie" se puede estar convirtiendo en una marca o un subgénero. Entre las muchísimas notas de prensa que se publican estos días, aparecía en algún periódico la crónica de la azarosa producción de "Slumdog Millionaire". Y se mencionaba que la posibilidad de que la película no se estrenase en cines y pasara directamente al mercado de DVD, había sido más que real durante esa etapa, ya que la productora de la cinta, Warner Bros, había decidido cerrar su filial de cine independiente, Warner Independent. Pero entonces llegó providencialmente Fox Searchlight responsable también de las antes mencionadas "Pequeña Miss Sunshine" y "Juno" y desatascó el proyecto. Ojo, dos de las mayores productoras del mundo tienen filiales de cine independiente. No son las únicas. Pero, si así son las cosas, el cine independiente ya no es lo que era. Ahora los ejecutivos de las grandes empresas acuden a festivales como los de Sundance, Toronto o Telluride para que nada escape a sus tentáculos. Si la película es mala, no se habrá desembolsado mucho dinero por ella. Pero si resulta ser buena y da la campanada, el negocio será redondo. Una lógica muy simple pero que esconde un gran peligro: que el cine independiente pierda esa frescura que en él suelen buscar los que están hartos de comer siempre lo mismo. Ahora, una película indie no será una propuesta creativa diferente a las demás, sino que seguirá unos patrones característicos, como en el caso del cine negro, el de terror o el de ciencia ficción. Se podrá innovar más o menos, se podrán contar historias con mayor o menor maestría dentro de los cánones de un género, pero en cuanto comencemos a seguir unos patrones establecidos, seremos pasto de las grandes corporaciones y el esfuerzo no habrá servido de nada. Es lo que tiene el éxito.
La abundancia de medios no siempre se corresponde con la calidad de las propuestas. Tampoco la escasez de medios indica necesariamente que la película sea una obra maestra desconocida. Lo que es seguro es que la marea del beneficio económico lo absorbe todo. Incluso las buenas ideas, los planteamientos innovadores y la frescura creativa. Pero bueno, es lo que hay. Y eso no nos impedirá seguir disfrutando del cine, tanto del buen cine de corte clásico y narración tradicional como la de "El curioso caso de Benjamin Button" (injustamente marginada en el reparto de premios), como del cine más fresco y preocupado de ofrecer nuevos caminos, aunque concurridos aún no congestionados.
martes, 17 de febrero de 2009
UN LUCHADOR

Cada año, uno de mis hermanos y yo, concedemos un espacio a la banalidad dentro de nuestra común afición al cine y cumplimentamos una especie de quiniela con vistas a la entrega de los premios Oscar. Es una experiencia interesante, pese a lo tonta que pueda parecer, porque en esa apuesta se aprecian nuestros diferentes criterios dentro de una pasión común. Además, el premio que obtiene el ganador revierte directamente sobre esa afición al cine, ya que el perdedor invita a ver una película. Sin ánimo de vanagloria, sino más bien como guiño personal, he de decir que llevo dos años consecutivos alzándome con la victoria.
Pero bueno, todo este preámbulo un poco intrascendente es sólo para realizar mi apuesta públicamente cuando falta menos de una semana para la entrega de los premios. Este año, y que quede constancia de que no he visto su película, voy a decantarme por Mickey Rourke como ganador del Oscar al mejor actor. Por pura simpatía personal hacia los perdedores irredentos. Porque eso es lo que ha sido durante toda su carrera Rourke. Y eso que sus comienzos fueron inmejorables (recuérdese aquel encuentro en cierta escalera con Kim Basinger, otra actriz ninguneada que, al final, se salió con la suya). "Nueve semanas y media" lo convirtió en un mito en todo el planeta, o al menos en la parte del planeta que puede permitirse ir al cine de vez en cuando. Pero luego, una serie de decisiones desacertadas, llevó a Rourke por el mal camino. Aparcó su incipiente y exitosa carrera de galán de marcada virilidad para dedicarse al más viril de los deportes: el boxeo. Y aquí comenzó a recibir los golpes de la vida, librando un duro combate contra las adicciones, los aprovechados, los explotadores y contra sí mismo, que perdió por KO.
No deja de resultar un tanto irónico que el regreso triunfal de Mickey Rourke se produzca con una película como "The wrestler", en la que el actor interpreta a un ex luchador de lucha libre americana. El papel le llegó de la mano de Darren Aronofsky, interesante director aún no lo suficientemente considerado y pareja de la dulce Rachel Weisz, una de las actrices más bellas y auténticas del cine hollywoodense actual (la otra es Kate Winslet, a la que también espero que le sonría la fortuna este año). Este luchador le ha permitido al actor interpretarse a sí mismo y reinterpretarse a sí mismo, en un doble juego sólo al alcance de unos pocos capaces de caminar por la cuerda floja aunque estén cagados de miedo. El elogio de la crítica ha sido unánime, Copa Volpi del Festival de Venecia incluida. Hay que recordar que, en ocasiones anteriores, otros actores de la misma estirpe que Rourke optaron al máximo galardón de su profesión y se les negó (pienso en el John Travolta de "Pulp Fiction" o en el Bill Murray de "Lost in translation"). Esperemos que este año los académicos se muestren a la altura y tengan el valor de reconocer el coraje de aquellos que caminaron por el borde del abismo.
Por cierto, ¿no estaría muy bien que alguien se atreviera a reunir en una misma película a estos tres actores y a otros de su misma estirpe como Kurt Russell, Patrick Swayze, Matt Dillon o Woody Harrelson? Digo yo.
viernes, 13 de febrero de 2009
EL SUEÑO DE SAVIANO Y EL DESCANSO DE ELUANA

A Roberto Saviano, italiano de Nápoles de 29 años, su libro "Gomorra" le ha costado la vida. Es cierto que, por fortuna, la Camorra aún no ha cumplido su amenaza y el escritor sigue respirando, aunque ya nunca más podrá hacerlo tranquilo. Su existencia no volverá a ser la misma. Nunca, jamás. Y él lo sabe, como afirma con escalofriante serenidad en una entrevista publicada en el País Semanal. Ahora está obligado a esconderse, a huir constantemente, a compartir sus días y sus noches con los miembros de la escolta que le protege, su nueva familia. Y también, a ser la atracción principal de cualquier encuentro literario en el que participe. Igual que, en su día, lo fue Salman Rushdie, otro escritor perseguido que continúa en el punto de mira por más que la fatwa que pesaba sobre él ya no esté vigente. Saviano, lo explica en la entrevista, sabe que el principal motivo de su desgracia ha sido la amplia resonancia que su libro ha alcanzado. Millones de lectores son muchas conciencias que despiertan, demasiados ojos puestos sobre unas actividades que a sus practicantes les gustaría que pasaran desapercibidas.
Por contra, a Eluana Englaro, italiana de Udine de 33 años, lo que le ha costado es morir. Bien mirada, su historia guarda algunos paralelismos con la de Saviano. Quizá ella, al contrario que el napolitano, lo único que deseaba era morir. Eso nunca lo sabremos y ahí radica el germen de la controversia. Lo que sí conocemos es la lucha a la inversa de un padre, el esfuerzo por acabar con la vida de su hija, lo que en este caso es lo mismo que decir su sufrimiento. En ambos casos, el de Saviano y el de Eluana, la palabra vida se ha transformado en sinónimo de sufrimiento. Berlusconi y el Vaticano, ambos convencidos de su omnipotencia y creyendo estar en posesión de la única verdad posible, han emitido su sentencia: Eluana ha sido asesinada.
Y todo esto sucede ante la mirada de millones de personas, una buena parte de las cuales pasaban la noche que murió Eluana cómodamente sentados viendo "Gran Hermano" (emitida por la cadena de Il Cavaliere). Millones de personas que discuten, no sólo en Italia, acerca de la muerte de Eluana y de la actuación de Giuseppe, su padre como si el tema concerniera a alguien más que a ellos y sus propias conciencias. Millones de personas cuya avidez lectora ha contribuido a que el poder en la sombra constituido por la Camorra sea capaz de ensombrecer la mirada de un chico de Nápoles que una vez soñó con ser escritor.
Ya nadie podrá saber lo que Eluana habría pensado de todo esto, su silencio será eterno, pero descansa en paz. Todo el mundo conoce lo que piensa Saviano, ya nadie podrá callarlo, aunque nunca más pueda descansar.
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